miércoles, 12 de febrero de 2020

CRITICA CINEMATOGRAFICA: JOKER 2019 O EL MANIQUEÍSMO SENTIMENTAL


Me gustaría comentar el film Joker, porque su éxito mediático resulta bastante sintomático, al menos a los ojos de cualquier fisiólogo social.
Tomemos en principio el Joker 2019 de Phoenix, en adelante Joker-Phoenix. Es el primero cronológicamente hablando en la historia lineal de vida del personaje, y por ello resultará útil ver las diferencias con el Joker de Ledger en Batman, en adelante Joker-Ledger.

El escenario: Ciudad Gótica

Es muy interesante ver cómo describen sendas películas el entorno social que rodea a Joker-Phoenix respecto de aquel donde más tarde desarrollará su carrera criminal Joker-Ledger.
El sistema que le toca enfrentar al Joker-Phoenix se ve bastante venido a menos: más que un sistema hegemónico en la cima de su apogeo, se trata de un sistema en descomposición. La violencia callejera está a la orden del día (escena del ataque de la pandilla), los políticos se han desentendido de lo que ocurre en el mundo y viven encerrados en su mundo de fantasía. La policía es ineficiente y tonta, los disturbios en las calles por protestas políticas muestran un estado de descomposición social que los poderosos no pueden contener. La huida del hombre más poderoso de Ciudad Gótica, el alcalde y su esposa, por un callejón, solos, sin custodia, en medio de los disturbios, es una escena patética de escasa credibilidad. Si tenemos que creerla, no queda más remedio que concluir que el sistema ya está terminado: Joker-Phoenix no tiene mucho trabajo por delante.
Sin embargo, el sistema que confrontará años más tarde el Joker-Ledger es un sistema altamente organizado, protegido por sistemas de seguridad, fundado en un sistema jurídico, político y económico- sobre todo- bien consolidado. Está muy claro para el espectador que del otro lado hay bancos, policías, políticos poderosos, abogados corruptos, y una escala de valores cuestionable pero bien asentada, bien aceitada, bien coordinada y sobre todo bien custodiada. Y no se ven manifestaciones ni piquetes populares ni nada que se le parezca.

Esta asimetría en los escenarios puede tener alguna justificación. Tomando en cuenta que se trata de una “precuela”, podemos pensar que Joker-Phoenix sufre primero el caos y la arbitrariedad que impera en los márgenes pobres de la ciudad, sólo para hacer luego a otros, activamente, lo que sufrió de manera pasiva en su etapa de víctima. Así, en su encarnación posterior como Joker-Ledger será el sádico payaso encargado de llevar el caos y el azar al centro mismo de los barrios pitucos, “ordenados”, de Ciudad Gótica, y sembrar allí el terror.

Sin embargo, como veremos a continuación, no resulta creíble que Joker-Phoenix se continúe con Joker-Ledger, y esto sobre todo porque sus personalidades son bastante incompatibles.

Inteligencia brillante versus tara mental

Joker-Ledger aparecerá en Batman como un outsider “a conciencia”, en pleno uso de sus facultades mentales y poseedor de una inteligencia brillante. Su mensaje es: el sistema capitalista es absurdo, por lo tanto debe ser combatido desenmascarando su “racional irracionalidad”. ¿El sistema se burla de ti y de tus valores? Búrlate entonces del sistema mostrando desprecio por sus valores (la escena de la quema del dinero, por ejemplo, es paradigmática). Además, si el orden del sistema “racional” termina siendo injusto, la misma racionalidad manda que pueda con justicia ser reemplazado por el azar (elección azarosa de víctimas).
El Joker de Phoenix, al que llamaremos Joker-Phoenix, es en cambio un enfermo mental, maltratado por todos (desde su madre, pasando por los compañeros de trabajo, el conductor de TV, etc), varado en un infantilismo patológico y presa de alucinaciones psicóticas. Este Joker torpe y de una inteligencia brumosa, es notoriamente incapaz de planear golpes magistralmente sincronizados contra el sistema, como lo hará luego Joker-Ledger.

El Hijo Pródigo versus el Hijo Bastardo.

El Joker-Ledger de Batman es un “hijo pródigo” del sistema, un claro producto  de la lógica del Capitalismo, que gracias a su aguda inteligencia percibe la irracionalidad delirante del gran Mecanismo, ha detectado sus puntos flacos, y decide confrontarlo y ponerlo a prueba.
Joker-Ledger en cambio es un “hijo bastardo” del sistema, barrido debajo de la alfombra de la marginalidad, afectado por taras psíquicas, y portador de una inteligencia roma que le impide cuestionar al sistema más allá de rebelarse contra el creciente maltrato y rechazo que (digámoslo de una vez) se acumula uno tras otro a lo largo de la película, logrando asquear al espectador.

Una Sociedad Compleja versus La Maldad de los Malvados.

Para el Joker-Ledger que años más tarde asolará la ciudad de Batman, el sistema no tiene malos ni buenos. No hay víctimas ni victimarios, sólo un sistema-trituradora donde todos jugamos el Juego, en la ilusión de que hay un sentido racional detrás, que es precisamente lo que Joker-Ledger con su apelación a la “justicia del azar” viene a cuestionar. Como no cree en la justicia, no es un justiciero. Si lo fuera, si tuviera un mínimo de empatía por sus semejantes, no podría eliminar a sangre fría a sus propios secuaces en el cronometrado robo al banco que da inicio a la película de Batman. Joker-Ledger no es un justiciero social, es un destructor de lógicas por el procedimiento de llevarlas al extremo.

En Joker-Phoenix, en cambio, el mensaje es muy distinto: el sistema-padre abandona a los que lo necesitan (los enfermos, los pobres) y traiciona las esperanzas infantiles del pueblo (representadas por el carácter patológicamente ingenuo-infantil del protagonista) que entonces se rebela contra la injusticia, decepcionado e indignado por no recibir lo que le habían prometido. Esta identificación del sistema con el padre se hace obvia en la fantasía del futuro Joker de ser el hijo del gobernador electo. ¿Cómo se rebela este hijo bastardo, al descubrir que todas las “promesas” del padre-poderoso no son sino una broma digna del día de los inocentes? ¡Y él se las ha creído! Claramente no mata al azar: mata a la madre que lo engañó, mata al compañero de trabajo que lo empujó a empuñar una pistola, mata al conductor porque entiende que se está burlando de él. Hay que decirlo, este Joker se toma las cosas en serio, es bastante autorreferencial, carece totalmente de sentido del humor, y ha decidido vengarse de quienes lo humillaron. Lo que sigue, los desórdenes en las calles, el deambular anárquico y ebrio del Joker psicótico por la ciudad en llamas, está muy lejos de la prolijidad del asalto “hiperracional” y calculado al milímetro, pero impersonal, gozoso y lúdico a la vez, de Joker-Ledger.

Implosión del Sistema versus Venganza de los Indignados
 
Joker-Ledger cataliza la implosión del sistema acentuando sus incoherencias internas. Quien se identifica con el cínico Joker-Ledger de Batman alcanza un grado de compenetración adulta con la complejidad de la vida social, y se hace dolorosamente consciente de las contradicciones inmanentes a la sociedad.
Joker-Phoenix en cambio representa la rebelión de las víctimas, seres inocentes y puros como niños, que han sido engañados y defraudados por las promesas de los padres-poderosos. Quien se identifica con esta visión se posiciona en un lugar infantil y maniqueo, un mundo de malos y buenos, de víctimas y victimarios. Por eso a mi juicio Joker-Phoenix representa una versión light y descafeinada, políticamente correcta, pero pobre y peligrosamente simplista.

Y al fin... ¡Un médico por allá!

Por último, el hecho de que el protagonista sea un enfermo, víctima de una parálisis seudobulbar que le produce ataques de risa inmotivada, automáticamente descalifica todo acto subversivo del orden en el que pueda incurrir, voluntaria o involuntariamente: al fin y al cabo, no se trata más que de los síntomas de un desequilibrado mental, un hecho fisiológico atribuible a una naturaleza alterada.
Sólo por este error, todo el potencial de crítica social que pudiera tener la película se evapora para siempre.

lunes, 17 de junio de 2019

REFLEXIONES: DESDE LA ATALAYA DE LA IDEALIZACION


Mientras uno logra conservarse- en la imaginación, claro- virgen de maldad, suciedad o miseria, entonces puede darse el lujo de disfrutar un estado beatífico de felicidad. Puesto todo lo feo afuera, toda la maldad en otros, toda la injusticia en el sistema, estamos bien pagados de nosotros mismos, rebosantes de pureza, a buen resguardo de toda mancha, y podemos sonreír con bonhomía. Es el paraíso.
Semejante estado de bonanza no se abandona así como así, y por eso hay tantas personas que defienden con uñas y dientes la imagen indulgente de sí mismos que se han forjado, y que tantos beneficios reporta. En mi caso, puedo decir que por fortuna disfruté de esta ensoñación mucho tiempo.
El problema empieza cuando nos sinceramos y se acaba la idealización. Uno empieza a ver lo miserable en uno, las propias parcialidades del juicio, la cruel indiferencia hacia los demás. Aflora la basura bajo la alfombra, y los oscuros miasmas de la ruindad lo invaden todo. Cuando nos hacemos conscientes de todo esto en nosotros, hemos sido expulsados para siempre del paraíso. Ahora nos cuesta trabajo reír, y ser felices parece imposible.
Parados frente al espejo, nos damos cuenta que estamos frente a ese cretino que hasta recién criticábamos con fiereza, culpándole de todos los males y deseándole los peores castigos. Esto nos provoca un desconcierto paralizante, y se nos congela la sonrisa.
Y cuando creemos que ya no puede haber nada peor, ocurre que también nuestros amigos y seres queridos se nos aparecen despojados de la idealización con que antes, piadosamente, les protegíamos, sólo para tenerlos de nuestro lado (el lado bueno, el correcto, el deseable) mientras emitíamos veredictos ominosos sobre el resto de la humanidad.
También ellos caminan ahora junto a nosotros, desnudos, por este valle de desilusión.
¿Y el amor?, me pregunta alguno.
El amor sufre entonces uno de sus peores embates, y se hunde en la sordidez del fangal.

De Gabriel Agatino: LAS (COMUNES) REGLAS DEL JUEGO


Dice el dicho: “En este mundo, cada maestrito con su librito”.
Y es verdad. Pero no se crea por ello que nos referimos únicamente a la propensión que cada uno tiene de explicar las cosas usando sus propios criterios y normas. Hay algo más, y no es de poca importancia: no sólo cada cual se las apaña para explicar o justificar el mundo con las armas que Natura le dio, sino que además pretende legislar para todos sobre la base de las leyes que mejor le sientan a su clase.
Vamos a los ejemplos.
Mientras los intelectuales pretenden fundar toda dignidad (empezando por la suya propia) en el pensamiento y la fina argumentación, los brutos recurren a la brutalidad no sólo para defenderse de la burla de los primeros sino también (últimamente se ve ésto en la exhibición desembozada del orgullo de ser bruto) para recuperar una cuota de autoestima. Mientras los marxistas reivindican la debilidad del proletariado, su nobleza de espíritu y las injusticias que padece como base moral del derecho que reclaman, los halcones liberales reivindican la astucia, la agresividad y la audacia de unos pocos para legitimar su dominio sobre la mayoría.
Sería un despropósito que un marxista tratase de fundar su defensa del proletariado basándose en la mayor astucia y agresividad de éste. Tan absurdo como que un banquero defendienda su posición argumentando pobreza y debilidad.
Esto parece algo trivial y sonso, pero a mi juicio no lo es tanto. Si bien resulta natural que cada cual reclame por lo que considera que le corresponde y reivindique su posición sobre la base de las características para las que está mejor dotado, ocurre que por lo general el susodicho reclamante va un paso más allá y pretende que precisamente las características que mejor domina y en las que tiene una ventaja comparativa respecto del resto sean casualmente las que deben ser consideradas como baremo o medida para juzgar quién es mejor o peor, quién será el triunfador y quién el perdedor del juego global.
Resumiendo, cada cual pretende basar sobre las virtudes que sustentan sus propias ventajas comparativas, una escala de “valores universales”.
Ejemplo: para un intelectual, alguien que se eleva con el pensamiento por encima del mundo concreto es superior a un despreciable bruto. Para éste, en cambio, que habita el mundo de las “cosas reales” y consigue todo lo que necesita utilizando la fuerza bruta, la charlatanería impotente del intelectual resulta claramente inferior. Para un liberal de derecha, el hombre que no gana suficiente dinero no tiene valor. Para un marxista, el hombre que funciona por fuera del engranaje social no sólo carece de valor, sino que es un despreciable predador del prójimo.
En principio, tenemos miedo de adjudicar valor a características positivas de las que carecemos: el intelectual se siente inepto para operar en el mundo de las cosas concretas, por ende descalifica ese mundo. Lo propio hace el bruto, que no entiende una palabra de lo que dice el intelectual, o es demasiado perezoso para esforzarse en comprenderlo. El rico desprecia a quienes ejercen la solidaridad social, pues es incapaz de ella. El pobre desprecia al rico, pues es incapaz de generar riqueza o de multiplicarla.
Ese miedo a reconocer en otros la potencia allí donde somos impotentes se agudiza en los tiempos que corren: hoy en día hay muchos intelectuales diciendo cosas por ahí pero muy pocos reciben alguna atención, si es que la reciben, por parte del resto; hay muchos hombres capaces de ejercer la fuerza pero las máquinas (tanto en la producción como en la guerra) permiten prescindir cada vez más de la fuerza bruta humana; hay muchos empresarios defensores del libre comercio que sin embargo se ven obligados- para no desaparecer- a cartelizarse en un escenario de creciente concentración corporativa. Hay muchos socialistas o “progresistas” defensores del bienestar social que- incapaces de dar solución a los problemas concretos y ante la perspectiva de ser dejados de lado por aquellos a quienes dicen defender- se atrincheran en las burocracias gobernantes y sostienen sus privilegios a costa de asfixiar contribuyentes.
En una sociedad donde hay demasiados “maestritos” con sus “libritos”, todos pretendiendo evangelizar y legislar el mundo según su particular perspectiva, la sensación de impotencia es generalizada, y no deberíamos sorprendernos de ello: ningún organismo puede funcionar con sólo algunos de sus órganos. Los necesita a todos por igual: los brutos, los intelectuales, los liberales, los socialistas, los compasivos y los crueles, los constructores y los destructores. Todos son igualmente útiles, si trabajan en el lugar correcto.
Todos estamos en el mismo barco, y todas esas visiones del mundo- nacidas de una fortaleza y de una debilidad de cada uno- son igualmente necesarias. En una sociedad se necesita quien piense, pero también quien utilice la fuerza bruta; se necesita quien ejerza la solidaridad, pero también se necesita quien arriesgue y compita para mejorar.  La pretensión de imponer cualquier visión del mundo de manera unívoca o como sistema cerrado está condenada al fracaso.
Entonces, ¿por qué no nos sentamos todos a una misma mesa, y dialogamos e integramos nuestras diferentes fortalezas, en lugar de dilapidar todas nuestras energías en pretender desacreditar las fortalezas del otro, llevados por el miedo y la impotencia?


miércoles, 29 de mayo de 2019

REFLEXIONES: NATURA Y TOTALITARISMO


I
La naturaleza no favorece el desarrollo del pensamiento, porque a quienes piensan demasiado, la naturaleza suele escamotearles el don de la descendencia. Pero los pensadores nos consolamos con la idea de que un pensamiento puede vivir mucho más que un individuo, puede fecundar más mentes y tener más futuro que un linaje familiar. Sin embargo, ¿de qué vale un pensamiento sin seres de carne y hueso capaces de hacerse eco de él?

II
La evolución natural favorece el pensamiento único, absolutista, y cerrado en sí mismo, propio de los sistemas totalitarios. O sea: la gente que está SEGURA de que las cosas son como ellos dicen que son, es la que ordinariamente triunfa en el orden natural, aplastando sin piedad a los irresolutos, dubitativos y pusilánimes.
La naturaleza, pues, premia las certezas y desfavorece la duda.  ¿Por qué esto habría de ser así? Pues por algo muy sencillo: la duda es peligrosa para la naturaleza, pues todo pensamiento reflexivo tiene el poder de construir sistemas “autorregulados”, o sea sistemas vivientes con aspiracion – y potencial capacidad-  de autonomía. La duda sistematizada es capaz de darle “organicidad” a la incertidumbre, y convertir al sistema humano de pensamiento en una “segunda naturaleza” capaz de competir con la primera.
Esto es algo que Natura- la verdadera, la original- no se puede permitir.
Habilitando en cambio el triunfo del pensamiento totalitario, Natura se protege de una competencia indeseable. El pensamiento absoluto siempre será, en virtud de su rigidez, vulnerable ante los poderes naturales con capacidad autorregulatoria.

La misma certeza que dentro del orden natural le permite el triunfo al pensamiento totalizador, asegura a la vez que este triunfo sea siempre pasajero, o sea asegura su caducidad.

Hoy la humanidad se encuentra frente a esa disyuntiva a escala global: construir poder (autocracia basada en certezas para afirmar el propio poder, aún sabiendo que dicho poder será indefectiblemente vencido, como viene ocurriendo desde el inicio de los tiempos), o construir versatilidad y permanencia (una segunda naturaleza humana, una naturaleza artificial basada en la en la autorregulación y la interdependencia, lo que supone erradicar el pensamiento totalitario)

POLITICA: SOBRE LA LIBERTAD ENSAMBLADA EN LA ERA DEL HOMBRE-FLUJO

Desde siempre, el hombre tuvo una obsesión recurrente: la de la contaminación de su ser o su voluntad, la de la enajenación o esclavitud de su persona, la de la sujeción y dependencia de una entidad externa. El pavor de convertirse en una marioneta al servicio de otro subyace en multitud de mitos e historias desde los albores del tiempo. Con escasas variaciones ese temor se despliega de manera subterránea y subliminal en el imaginario social, al punto tal que muchas veces, sin darnos cuenta, significamos los hechos- y actuamos en consecuencia- sobre la base de esta amenaza de “posesión” por alguna entidad externa.
Vamos a los ejemplos para que se entienda.
Todos conocemos esas novelas o películas de ciencia ficción donde de pronto unos alienígenas toman el control de los humanos mediante el subterfugio de infiltrar sus cerebros o sus cuerpos (Amos de Títeres, Usurpadores de Cuerpos, Invasión Extraterrestre, etc….) Estas historias nos fascinan porque reflejan el sentimiento inconsciente de pavor que nos produce la idea de que nuestro cuerpo o nuestra mente puedan ser “hackeadas” para ponerlas al servicio de otros, permitiendo así que seres extraños tomen el control de nuestras vidas, o de nuestras energías.
En el caso del mito vampírico- un caso puntual de la idea general del parasitismo- , la víctima es privada de su fluído vital para dar vida al vampiro. Se convierte así en un “medio de subsistencia” para el parásito, cuando no un medio para su reproducción (como en Alien, por ejemplo, donde el humano se convierte sin más en una incubadora viviente)
Este terror ancestral se funda en una idea amenazante: la posibilidad de que el hombre deje de ser un fin en sí mismo y se convierta en un “medio” para servir a la existencia de otros.
Reflexionando sobre estos asuntos remanidos y no tan ficcionales como uno podría suponer, reparé en que este imaginario tiene una raíz que se extiende mucho más allá de los relatos de ficción: incluso la ciencia se ha valido de él para explicar algunos asuntos. Confieso que fue una revelación toparme con un texto del biólogo Dawkins que recurre a la misma idea base: su concepto del gen egoísta no hace otra cosa que recurrir a la vieja idea de la posesión, pero camouflada bajo un manto darwiniano.
Según Dawkins, somos marionetas al servicio de nuestros genes. Sin demasiado maquillaje, lo que tenemos aquí es a nuestro genoma convertido en…. ¡un “Amo de Títere”! La conducta del hombre común, sus elecciones, sus propósitos más banales, todo estaría según Dawkins determinado por estos pequeños “Amos” interiores, que desean cumplir su voluntad de perpetuarse y nos manejan a su antojo como marionetas.
Alentado por este hallazgo, mi mente siguió divagando y no tardé en encontrar las versiones políticas del mismo leit-motiv.
En la crítica marxista del capitalismo, por ejemplo, el hombre es “alienado” por el Capital, y vive para cumplir la meta reproductiva (e inhumana) de este último.
Los liberales, curiosamente, no se quedan atrás: postulan que el hombre es esclavo del Mercado, quien lo obliga a actuar de manera muchas veces inhumana para poder sobrevivir. En la crítica del comunismo totalitarista, no hay que esforzarse mucho para encontrar el Amo en el Partido y sus designios inescrutables.
Con este imaginario en mente, la idea de LIBERTAD que habitualmente conocemos hasta ahora, y el consiguiente ideal de liberar al hombre de la esclavitud o servidumbre aparece más bien como la consecuencia de una concepción del hombre como un ser colonizado, parasitado o enajenado, y básicamente irresponsable.
Para conquistar la anhelada LIBERTAD, dicho hombre debe sacudirse de encima al vampiro, al explotador, al parásito: sólo podrá ser dueño de sí mismo cuando el círculo se cierre sobre su propia existencia (cuando él y sólo él esté en control de sus acciones, y sea el único beneficiario de las mismas, vale decir cuando cada hombre sea el fin de sí mismo, y no un medio para favorecer a otros seres). Según este modo de ver, para conseguir este tipo de LIBERTAD el hombre debe cerrar la puerta a los influjos que lo alejan de sí mismo, debe cuidar de no contaminarse con influencias externas, y sobre todo, debe evitar toda acción que pueda favorecer a otro que no sea sí mismo.
Llamaré a este tipo de LIBERTAD, la “LIBERTAD CISMÁTICA”, porque se afianza en la separación, en el apartamiento, y reivindica pautas identitarias como la pureza de raza, moral, etc.
Esta LIBERTAD CISMÁTICA es el resultado de pensar al hombre como una cosa dentro de sus límites, y a la LIBERACIÓN como una ausencia de colonización, parasitación o enajenación, vale decir como la “purificación” de dicha cosa de cualquier elemento contaminante o condicionante.
Este tipo de libertad es la que asociamos por ejemplo a la vida del asceta, del eremita, del misántropo, o incluso del hombre muy rico o muy poderoso. Pero también es el concepto de libertad que conocemos y aplicamos más frecuentemente, y el que reivindican todas las doctrinas de la “liberación” hasta ahora conocidas.

Pero resulta que todo esto es un absurdo natural, cuando no un imposible.
¿Por qué?
Porque sabemos que el hombre no es una cosa fija y acabada, como casi ningún existente lo es: el hombre es un sistema en equilibrio dinámico, el hombre es un flujo más en una cadena de flujos energéticos, apenas una configuración que se sostiene en todo momento gracias a que recibe afluencias y cede efluencias. Toma y da. Es lo que es gracias al intercambio, y no puede prescindir de él. Y si bien en ese proceso construye una identidad propia, ya no es la identidad fija establecida por algún Dios o designio trascendente, sino que se trata de una identidad autoconstruída, fluida e inestable: interdependiente. Su riqueza consiste precisamente en dicha fluidez e interdependencia, características que le permiten adaptarse y sobrevivir. En un artículo posterior retomaré el concepto de identidad-mestizaje con base en esta nueva perspectiva del hombre-flujo, pero ahora quisiera volver al tema que nos ocupa: la libertad.

¿Cómo pensar la libertad del hombre,  en este nuevo contexto o bajo este nuevo paradigma? Lo primero que salta a la vista es que siendo el hombre un eslabón de una cadena de flujos, es imposible no tener condicionamientos, como también es imposible no exponerse a influencias externas.
Es más: un hombre realmente emancipado- aislado de la cadena de flujos- no tendría ningún sentido, como no lo tiene una máquina que no se utiliza para nada.
El empresario liberal sabe por cruda experiencia que si su producto no sirve eficientemente al Mercado, su empresa desaparecerá, y esa es la realidad subyacente que lo condiciona y de la cual depende. El obrero por su parte se ve obligado a servir al empresario, aunque a diferencia de éste considera esta dependencia una injusticia, una coacción de su libertad, una alienación. Por último, para servir al bienestar de todos (y abolir la esclavitud del empresario a los mercados y de los proletarios a los patrones) el comunismo propone y exige a cambio entregar la libertad personal al Partido.
Vemos entonces que la reclamación de libertad entendida como “hacer sólo lo que es conveniente para uno” y “no tener condicionamiento alguno de terceros”, o sea el reclamo de LIBERTAD CISMÁTICA, es siempre deshonesto, venga del espectro político que venga, lo esgriman liberales, conservadores o marxistas. ¿Por qué? Pues porque todos los que declaman esta pretensión no aspiran a otra cosa, en definitiva, que a convertirse ellos en Amos. Y como en este paradigma la idea de libertad está muy asociada con la de identidad, la misma idea de “libertad de un opresor”-que marcó la “era de las emancipaciones”- viene frecuentemente acompañada de otras ideas igualmente cosificadoras del ser humano, como la idea de “raza pura” o “identidad nacional”, dirigidas a excluir a todos aquellos sospechados de contaminación o impureza.

Bajo esta idea de FLUJO- que viene de la física- los conceptos de libertad e independencia, así como el concepto de poder, deben necesariamente evolucionar.

La libertad no puede concebirse ya como una voluntad cerrada sobre sí misma, la autonomía no puede concebirse como aislamiento, y el poder no puede concebirse como una potencia estanca que se acumula y se concentra en unas pocas manos.

Por el contrario, si el hombre es un flujo, el poder se incrementa con su dispersión, la autonomía se incrementa con el intercambio, y sus grados de libertad se incrementan con la interdependencia volitiva.

Veamos cada punto por separado.

Que el poder se afianza cuanto más se dispersa, fue la enseñanza de Foucault cuando mostró cómo la “deslocalización” y “polimorfismo” del poder favorece ampliamente su capacidad de supervivencia frente a ataques (¿a quién atacar cuando no existe una cabeza visible?) El poder se ha vuelto más abstracto y distribuido, y más estable por ello mismo. Personalmente no creo que se distribuya de manera homogénea, estoy simplificando un poco porque no es el fin de este artículo profundizar en cada punto, pero sí creo que está más distribuido que un par de siglos atrás.

Que la autonomía se incrementa con el intercambio tiene lógica: es previsible que cuanto mayor es el espectro de intercambio que posea una comunidad, mayores son sus márgenes de maniobra en caso de escasez de insumos o superabundancia de producción, por lo tanto su autonomía es mayor que si dependiera exclusivamente de un acotado número de proveedores o compradores. Lo mismo es válido para el mundo de las mercancías intangibles, culturales, científicas, industriales, etc. Hoy en día, el caso de Huawei sirve para ilustrar el grado de interdependencia de la sociedad global.

Por último, cuando decimos que la libertad se expande con la interdependencia de la voluntad de otros, estamos construyendo una alternativa a la LIBERTAD CISMÁTICA: la llamaré LIBERTAD ENSAMBLADA o libertad interdependiente.

En esta nueva LIBERTAD ENSAMBLADA, existe la obligación de reconocer la interdependencia mutua, la cual no se considera un factor limitante- es más, se la pondera como la condición que permite alcanzar mayores grados de libertad en conjunto. Su ideal no es la “pureza” o el “solipsismo”, ni la pretensión de ser “único origen y beneficiario” de todas las decisiones y actos propios y ajenos (hacer lo que nos da la gana y obligar a otros a que satisfagan nuestros propios placeres y necesidades), sino más bien alcanzar un adecuado “ensamblaje” en la cadena de flujos que forma la sociedad humana, tener un “buen pasar” por ese escenario cambiante, aportando lo propio, lo que cada uno mejor sabe aportar, a los demás en calidad de “SERVICIO”: en especial, un servicio que incremente la libertad del otro, que libere al otro un poquito siquiera, de sus ataduras.
Los beneficios que otorga este arreglo de la voluntad de unos a los otros y que se materializa en el acto del SERVICIO mutuo, son inestimables.
Alguien puede cuestionar esta postura diciendo que los actos de servicio mutuo deberían ser equiparables para ser justos, cosa que es imposible de lograr, pues el aporte que puede hacer un trabajador individual son ínfimos respecto de los que puede hacer por ejemplo una corporación.
Sin embargo, el punto acá en discusión no es la CANTIDAD, sino la CALIDAD del acto. Que un servicio sea ínfimo no quiere decir que sea nulo o carezca de importancia.  El cambio de perspectiva implica reconocerse parte de un flujo y supone asumir que TODAS LAS PARTES son igualmente necesarias, sin importar el tamaño o peso de las mismas. Un pequeño tornillo mal puesto por un empleado que gana 5000 U$S, puede ser mucho más importante durante el vuelo que la mala decisión de un piloto que gana 40000 U$S. ¿Debería por esa razón el empleado pretender ganar U$S 40000? Claramente no, porque la capacitación necesaria para una tarea y la otra son muy diferentes, y también lo son las competencias y compromisos. Sin embargo, es crucial que el operario y el piloto sirvan su función de la manera más dedicada posible, con el mayor esmero posible- no porque estén siendo “esclavizados” y “controlados” por un celoso capataz o jefe de personal, sino porque reconocen la importancia del servicio que prestan al prójimo, y son conscientes de que ese servicio, aunque mínimo, es capital para la construcción de la libertad propia y la ajena (la libertad ampliada, ensamblada[1]).
Muchos se sonreirán pensando que mi propuesta es utópica o ingenua.
Aunque más se sorprenderán de saber que el mismo Papa – y yo no soy católico, aclaro- no se cansa de repetir que “el (nuevo) poder es el servicio”. ¿Casualidad?

Reconozco sin embargo que para que este arreglo funcione es necesario respetar un par de premisas: la primera, aceptar la interdependencia que tenemos no sólo respecto de los demás, sino también respecto del medio ambiente. La segunda, ocupe el lugar que ocupe cada uno en la cadena de flujos, ningún hombre puede vivir humillado y reducido a esclavitud o excluído de la naturaleza humana (esa experiencia reafirmaría en él la convicción de que el hombre es efectivamente una cosa, que dicha cosa ha sido apropiada por una entidad parasitaria, y que la liberación implica sacudirse a todos los parásitos de encima. En palabras más simples: el estado de opresión material y espiritual cosifica a las personas, y no  permite apreciar- ni al amo ni al esclavo- su verdadera condición de flujo interdependiente. Para peor, los engaña a ambos con una promesa tan ilusoria como ineficaz: al amo con la ilusión del PODER AUTARQUICO (léase Trump), y al otro con la ilusión de la LIBERTAD CISMÁTICA (léase movimientos de liberación tradicionales, definidos básicamente por el prefijo anti-, que prometen liberar al sometido de la entidad parasitaria)
La tercer condición que veo como necesaria es la “dispersión” de la responsabilidad, una dispersión paralela a la del poder.
Quien engaña y taima a los demás, quien utiliza a los demás como un medio, no puede sino esperar que lo utilicen y exploten. Quien cosifica a los demás, no puede esperar sino ser cosificado, y verse envuelto en el juego de las luchas revolucionarias que tienen por horizonte fallido la LIBERTAD CISMÁTICA.
La responsabilidad para con el prójimo no puede ser potestad ni del gobierno ni de los empresarios ni de los poderosos únicamente: primero y principal- por una cuestión de número- es un asunto de la ciudadanía toda. En la medida en que cada uno asuma su parte de responsabilidad hacia sus prójimos, se sentirá fuerte como para exigirla en los demás. Quien ha decidido servir a los demás, exigirá que otros le sirvan. El lema aquí es: Sirva a su prójimo (pero desde su más íntima convicción, no por obligación o presión externa), y adquiera así el derecho de exijir que su prójimo le sirva.

¿Cuáles son, en suma, las diferencias de la LIBERTAD ENSAMBLADA con el anterior paradigma de la LIBERTAD CISMÁTICA?

Claramente, en la LIBERTAD ENSAMBLADA, el trabajo y el servicio no son vistos como una condena ni una esclavitud ni una humillación, sino por el contrario como la honrosa oportunidad de formar parte de la humanidad y de expandir la libertad en sentido amplio. El trabajo y el servicio al prójimo son una obligación que alcanza a cualquier integrante de la cadena de flujos, trabaje en una línea de montaje, en un puesto del mercado en Estambul, o en el salón oval de la Casa Blanca. La participación en dicho ensamblaje, con el consecuente compromiso, y no la desvinculación y el aislamiento, es lo que garantiza y amplía la libertad.




[1] Aclaro que me refiero aquí al ámbito social. Por fuera de este aporte a lo que llamo aquí libertad ensamblada social, obviamente, reivindico la necesidad de un espacio de libertad individual esencial (el hacer lo que nos da la gana en el ámbito de nuestra vida privada, pero eso es otro cantar)